Regresé a Madrid unos días después del estreno de la última de Almodóvar. Todavía no estaba en cartelera en Buenos Aires.
Con Pedro tengo una relación ambivalente. Hay cintas de él inolvidables. La primera que vi y me dio vuelta la cabeza fue Matador (1986). Descubrí otra forma de cine, qué fuerza qué atrevimiento, qué artística violencia. Dos años después, Mujeres al borde de un ataque de nervios me divirtió a rabiar. No me parecía el mismo director. Seguí encontrándome con su genio mutante al ritmo de sus experiencias de vida. Me gustó Hablé con ella, Todo sobre mi madre, Volver… Me desilusionaron otras. Como suele ocurrir con los escritores que publican una novela por año. No todas están a la altura de nuestras expectativas.
Disfruto de ir al cine en Madrid porque las salas están al alcance de la mano, es decir, de los pies: se puede ir caminando, comprarse un buen chocolate antes de entrar y elegir la mejor ubicación en cualquiera de ellos. Sin necesidad de meterse en un centro comercial con un pote de pochoclos.
Amarga Navidad, tenia un ingrediente que aumentaba mi interés: la presencia del actorazo argentino Leonardo Sbaraglia, como protagonista.
El tema central —la creación y su relación con la realidad— me sorprendió. Me gusta ir al cine en blanco, e imaginaba que se trataría de un encuentro familiar y navideño conflictivo.
Los que no la vieron y tampoco quieren enterarse de nada no sigan leyendo.
Su estructura en mise en abyme, no es la primera en su estilo, pero al principio nos descoloca un poco. No sabemos si lo que está pasando es lo que está escribiendo Raúl (Leo Sabaraglia) , o la vida de él fuera de su guión. Hay que ir encajando y desencajando muñecas rusas.
Una vez que comprendimos el juego, saltamos ágilmente sobre ambas tramas.
Raúl vive para escribir y hace tiempo que ninguna idea lo motiva como para hacerlo vibrar. Su asistente, Mónica (Aitana Sánchez Gijón), debe abandonarlo por un tema personal. Su pareja, Santi (Quim Gutiérrez), será el encargado de reemplazarla. Raúl tiene múltiples compromisos, Mónica se los filtraba, lo aconsejaba, y sobre todo era su mejor lectora. Se siente perdido sin ella.
En el guión que está escribiendo Raúl, Elsa (Bárbara Lennie) tras haber hecho una “obra de culto”, se desanima ante la falta de éxito y nueva inspiración y se dedica a la publicidad, Así conoce a Bonifacio (Patrick Criado), con quien entabla una relación amorosa. Él es bombero y estriper los fines de semana (detalle almadovarezco que no podía faltar). Boni La ayuda, la protege, está siempre a su lado. La asiste en sus ataques de pánico, migrañas y descompensaciones psíquicas.
Con sus amigas puede mostrar su costado fuerte. Una vive con su marido que la engaña y no tiene el valor de dejarlo, y otra pierde a su hijo pequeño de lo que no puede sobreponerse. Poco tiempo le queda a Elsa para estar con su novio.
Toda esta historia está inspirada en la propia vida de Raúl, que tampoco valora a Santi. Además —y ahí viene el cuestionamiento central de la peli— Raúl se inspira en la vida de Mónica, quien está viviendo el drama de su pareja que acaba de perder a su hijo pequeño en una cirugía por un cáncer que ya tenía dudoso pronóstico.
Cuando Mónica se da cuenta de que Raúl utilizó ese dolor para introducirlo en su ficción lo acusa y le prohíbe que siga adelante. Riquísima escena donde ella lo enfrenta, lo acusa de egoísmo desenfrenado, de traspasar los límites morales y le pasa factura por todos los años en que trabajaron juntos. En ese punto la cabeza de Raúl da un giro y se desencadena un final inesperado. La peli llega al máximo de su intensidad.
En este juego pirandelliano que cuestiona la ética del fabulador, Almodóvar se interpela a sí mismo con gran valentía. ¿En la autoficción es lícito usar aspectos vedados de la vida de los demás para introducirlos en la obra? ¿El creador tiene el derecho ilimitado de inspirarse en todo lo que lo rodea, con la única justificación de que forma parte de su vida?
Por otra parte está el gran tema del momento epifánico del escritor, ese que le hace volver sobre su obra, darla vuelta, transformarla y entregar todo por ella. Gran placer de la reescritura, en el que ya no importa otra cosa más que esa idea magistral que se le acaba de ocurrir.
Las canciones tienen un papel protagónico.
En una de las crisis, Elsa va a una fiesta de una amiga en busca de ansiolíticos y Amanta Romero, con una voz fascinante y conmovedora, le canta una versión de “Las simples cosas”, de Chavela Vargas.
Y de nuevo Chavela, siempre presente en Almodóvar, interpreta ella misma Amarga Navidad, que da el título al film, en una escena en la que Elsa y su amiga rompen a llorar identificadas con la letra: Diciembre me gustó pa’ que te largues , que sea tu cruel adiós mi navidad.
Habría preferido que Leo Sabaraglia actuara de argentino y no con un pretendido acento y vocabulario español que le quitan soltura y espontaneidad a su actuación.
Salí del cine con la sensación de haber redescubierto a un nuevo Almodóvar, incansablemente multifacético, arriesgado y valiente para jugarse hasta el límite y salir victorioso.
Fuente: www.mundiario.com
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