El río Bidasoa marca el límite sur de la distribución europea del salmón atlántico, de forma que actúa como canario en la mina frente al cambio climático. Y lo que ha visto el equipo técnico de Orekan (la sociedad pública de gestión ambiental del Gobierno de Navarra) es que el salmón atlántico lo de nadar aguas arriba se le está haciendo más cuesta arriba que nunca: no es ni la pesca ni por enfermedad, más de la mitad muere porque el agua del río está demasiado caliente. Y los afortunados que llegan son más pequeños.
El salmón del Bidasoa se muere. Noticias de Navarra se hace eco de la investigación de Orekan, que lleva siete años rastreando por radiotelemetría de forma individual a los salmones atlánticos que remontan el Bidasoa hacia sus zonas de desove. En los años más cálidos, la mortalidad en verano supera el 50%. Los datos recogidos entre 2018 y 2025 muestran una correlación directa e inequívoca: cuantos más días al año con la temperatura del agua superior a 20 °C, mayor es el porcentaje de peces que no llega al otoño.
A partir de 20 °C el salmón atlántico entra en estrés fisiológico. La ciencia lo documenta con solidez: el crecimiento óptimo de los juveniles ocurre entre 16 y 20 °C y se detiene al acercarse a 23 °C, motivo que explica la disminuación de talla. Además, el límite letal de la especie está estimado en 27,8 °C, con 33 °C como temperatura de mortalidad absoluta. A esas temperaturas, los adultos que están en fase de migración (que no se alimentan y gastan energía remontando los ríos) son especialmente vulnerables.
El informe de Orekan es una advertencia en toda regla: salvo tres excepciones, la especie lleva por debajo del Límite Crítico de Conservación en el Bidasoa de un millón de huevos por temporada desde hace más de 26 años. La población se mantiene viva artificialmente gracias a las repoblaciones anuales desde la piscifactoría de Oronoz-Mugaire.
Por qué es importante. Porque el salmón atlántico es una especie paraguas: su conservación garantiza la población de todo el ecosistema fluvial del Bidasoa y de otras especies, como por ejemplo el visón europeo, la nutria o la trucha común. Como indicador biológico, su declive es una señal de alarma sobre la salud de los ríos de la península y de la pérdida de biodiversidad.
Pero además, que sea la población más meridional de la especie en el Atlántico oriental europeo lo hace especialmente única en tanto en cuanto concentran la mayor diversidad genética adaptativa (viven en el límite), de modo que funcionan como centinelas del cambio ambiental. En pocas palabras: es cuestión de pocas décadas que lo que vemos hoy en el Bidasoa llegue a ríos más al norte. Perder los salmones del Bidasoa no es solo decir adiós a la presencia de una especie en uno de los lugeres más meridionales e importantes, sino también perder todo el archivo genético de adaptaciones frente a las temperaturas y la sequía.
Contexto. El declive del salmón atlántico no es exclusivo del Bidasoa ni de Navarra. El International Council for the Exploration of the Sea publicó el año pasado un informe alarmante: 2023 y 2024 fueron años en los que el retorno de los salmones marcaron mínimos históricos en la mayoría de países del Atlántico Norte. Y el ICES lo tiene claro: ni las restricciones pesqueras están frenando el ocaso de la especie porque es una cuestión marina.
En la península Ibérica el problema es más grave: un estudio de 65 años en el asturiano río Sella demostró que el factor que mejor predice el colapso de las capturas no es la presión pesquera sino la temperatura, tanto local como oceánica. Así, las poblaciones ibéricas hacen las migraciones oceánicas más largas hacia las zonas de alimentación subpolares, lo que implica más gasto energético y mayor exposición a depredadores.
En detalle. El calentamiento está estrangulando al salmón del Bidasoa por partida doble: en el río navarro y en el mar. Las series de temperatura superficial del Atlántico Norte procesadas por el Climate Change Institute de la Universidad de Maine a través de ClimateReanalyzer.org lo confirman: la temperatura media diaria del agua en la zona de alimentación del salmón ha aumentado respecto a los últimos años del siglo XX. Esto desplaza a sus presas, forzando una migración más larga. ¿El resultado? Sus mayores amenazas son el cambio climático y la depredación.
En el río las consecuencias van más allá de la mortalidad. Orekan registra la reducción de la talla en individuos jóvenes y retrasos en el calendario de migración y reproducción. Como señala esta revisión global, el timing de la migración y la bioenergética del adulto son los estadios del ciclo vital más sensibles a los cambios de temperatura y flujo.
Sí, pero. Los datos de Orekan son sólidos en cuanto al seguimiento individual de peces, pero tienen una limitación importante: siete años de medición es una serie temporal corta para aislar la señal climática del ruido interanual. Sin ir más lejos, el estudio en el río Sella necesitó 65 años de datos para poder construir modelos estadísticamente robustos.
Por otro lado, es importante resaltar que la población del Bidasoa está artificialmente sostenida por repoblaciones, lo que enmascara la magnitud real del colapso natural. Sin las sueltas anuales de alevines de Oronoz-Mugaire, la población silvestre probablemente ya habría colapsado. O lo que es lo mismo: que los datos de abundancia observados son más optimistas que la situación ecológica real y que cualquier interrupción del programa de cría podría precipitar la extinción en pocos años. Y deja otra pregunta sobre la mesa: si la pesca deportiva del salmón en el Bidasoa es aún éticamente sostenible cuando la población lleva 26 años por debajo de su límite crítico de conservación. Este 2026 está vedada.
Portada | Anual y Héctor Berganza
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La noticia
El salmón del Bidasoa es el canario en la mina: son más pequeños que nunca, nadan más lejos y mueren ante un río a más de 20ºC
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Eva R. de Luis
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Fuente: www.xataka.com
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