El apocalipsis del petróleo: ¿cuándo demonios va a llegar, o ya estamos en él y ni nos hemos dado cuenta?

El apocalipsis del petróleo: ¿cuándo demonios va a llegar, o ya estamos en él y ni nos hemos dado cuenta? El apocalipsis del petróleo: ¿cuándo demonios va a llegar, o ya estamos en él y ni nos hemos dado cuenta?

El apocalipsis del petróleo: ¿cuándo demonios va a llegar, o ya estamos en él y ni nos hemos dado cuenta?

Miras por la ventana y no ves Mad Max. Ves lo de siempre: coches, supermercados con comida, aviones que despegan, gasolineras abiertas. Es cierto que llenas el depósito más rápido para que no te duela tanto el precio, y que el último vuelo a Berlín te costó algo más de lo habitual. Pero el mundo, en términos generales, sigue funcionando. El problema es que esta normalidad es un espejismo. Y lo peor es que la física del transporte marítimo nos da las razones exactas por las que aún no hemos notado el golpe.

Según datos de la empresa de análisis marítimo Kpler, en apenas cuarenta días de conflicto desaparecieron del mercado 206 millones de barriles. Para hacerse una idea: esa cantidad llenaría 103 superpetroleros del tipo VLCC, los más grandes del mundo. Las exportaciones de Irak se desplomaron un 82%. Las de Kuwait y Qatar, más de un 70%. Esto es lo que la Agencia Internacional de la Energía (IEA) ha calificado, en palabras de su director ejecutivo Fatih Birol, como «la mayor amenaza a la seguridad energética de la historia». Peor que 1973. Peor que 1979. Peor que 2022 juntas.

El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados contra instalaciones nucleares y militares iraníes. La Casa Blanca confiaba en que derivarían en una rendición rápida del régimen, pero no ocurrió así. En respuesta, Irán cerró el Estrecho de Ormuz, la arteria de cuarenta kilómetros que hasta ese momento canalizaba en torno al 20% de todo el petróleo y el gas natural licuado que se consume en el mundo.

En su reciente informe de mayo la IEA lo deja negro sobre blanco: las pérdidas acumuladas de suministro procedentes de los productores del Golfo ya superan los 1.000 millones de barriles, con más de 14 millones de barriles diarios actualmente paralizados. «Una crisis de suministro sin precedentes», dice el informe. La producción global de petróleo cayó en abril hasta los 95,1 millones de barriles diarios, acumulando desde el inicio de la guerra unas pérdidas de 12,8 millones de barriles diarios. Para entender la magnitud: la crisis de 1979, la de la Revolución Iraní, supuso una interrupción del 7% del suministro mundial. El de 2026 supone un 13,3%, según los cálculos del Instituto Alemán de Economía (IW). Duplica el peor precedente moderno.

El precio del crudo Brent, que rondaba los 70 dólares por barril antes de la guerra, escaló hasta un máximo histórico de 144,68 dólares el 7 de abril —superando el récord anterior de 2008— antes de rebotar y estabilizarse en torno a los 110 dólares en el momento de redactar este reportaje. Un aumento superior al 50% sobre los niveles previos al conflicto. Y sin embargo, la percepción general en buena parte del mundo desarrollada es que la cosa no está tan mal. ¿Por qué?La respuesta es sencilla: porque se activaron los amortiguadores. Y porque los amortiguadores se están agotando.

En primer lugar, la IEA coordinó en marzo la mayor liberación de reservas de emergencia de la historia, 400 millones de barriles comprometidos por sus países miembros. Hasta principios de mayo, ya se habían liberado unos 164 millones de barriles, según el propio organismo, con Estados Unidos extrayendo de su Reserva Estratégica de Petróleo (REP) más de 1,23 millones de barriles diarios en una semana, el mayor volumen semanal jamás registrado.

En segundo lugar, Estados Unidos se convirtió en exportador neto de petróleo a gran escala por primera vez en más de cincuenta años. Javier Blas, experto en energía, documenta que en las últimas cuatro semanas las exportaciones netas americanas de crudo y productos refinados alcanzaron un récord promedio de 5,9 millones de barriles diarios, frente a los 3,3 millones de hace un año. «Hace apenas una década, Estados Unidos era un importador neto de más de cinco millones de barriles», escribe Blas. La revolución del esquisto se convirtió en EEUU en el proveedor de último recurso del mundo, el equivalente energético de la Reserva Federal: el que acude al rescate cuando el sistema colapsa.

Por su parte, Xi Jinping, obsesionado desde hace años con la seguridad energética, acumuló silenciosamente una reserva estratégica de casi 1.400 millones de barriles, comprando durante años crudo ruso, venezolano e iraní a precios con descuento por las sanciones. Eso le dio un colchón de unos 104 días de demanda interna, según el investigador Henry Tugendhat. Cuando el conflicto estalló, Pekín primero bloqueó sus exportaciones de combustible para proteger sus propias reservas. Y luego, calculadamente, reabrió el grifo para exportar 500.000 toneladas de gasolina, diésel y quesoseno a países vecinos en crisis como Vietnam y Laos. Un movimiento que mezcla humanitarismo estratégico con pura geopolítica: China ha llegado a la cumbre de mayo con Trump desde una posición de fuerza inusual, con EEUU empantanado en Oriente Medio y gastando recursos militares y estratégicos a una velocidad inquietante.

Por último, el cuarto amortiguador era más mundano: las refinerías tiraron de sus propias reservas en lugar de comprar crudo más caro, y las empresas y los consumidores hicieron compras por precaución. Todos estos mecanismos funcionaron y evitaron el colapso, pero tienen un límite.

Estrecho De Ormuz

La física de los inventarios: el reloj que corre

El informe de la IEA de mayo expone: «El mundo está reduciendo sus inventarios de petróleo a un ritmo récord». En términos concretos, 129 millones de barriles en marzo, otros 117 millones en abril. Casi 250 millones de barriles en dos meses

Las reservas en tierra de los países de la OCDE cayeron 146 millones de barriles en abril. El hub clave de Rotterdam-Ámsterdam-Amberes tiene sus inventarios en mínimos desde enero de 2015. Las reservas europeas de combustible para aviones han caído por debajo de los mínimos de los últimos cinco años. JPMorgan estima que los inventarios comerciales en los países de la OCDE podrían alcanzar niveles de «estrés operativo» a principios de junio. La escasez empezará a gestionarse mediante precios más altos que fuerzan la reducción de la demanda, y en muchos países en desarrollo, mediante escasez directa.

La IEA calcula que entre marzo y junio el consumo mundial de petróleo superará la producción en aproximadamente 6 millones de barriles diarios. Algunos analistas elevan ese déficit a 8 o 9 millones de días. Y aquí entra el elemento que convierte esto en una crisis diferente a cualquier otra: incluso si el Estrecho de Ormuz abrirá mañana, el problema no se resolvería.

Jacob Judah describió en Financial Times la «pesadilla del desminado». Irán sembró el Estrecho con minas sofisticadas; limpiar un carril seguro de apenas una milla de ancho podría tardar semanas, y el Estrecho completo, meses. Además, Qatar ha perdido el 17% de su capacidad de gas natural licuado, y las reparaciones de estas infraestructuras de alta tecnología podrían demorarse hasta cinco años. La escasez, hasta ahora imaginaria, está a punto de volverse real.

El verano, el gran acelerador

Si hay un elemento que convierte esta crisis en urgente es el calendario. El calor veraniego, con su demanda de aire acondicionado, los vuelos de vacaciones, la mayor actividad industrial, llega exactamente cuando los inventarios están en mínimos de varios años.

Jorge León, de Rystad Energy, lo explicó a elDiario.es con una analogía clara recordando lo que pasó en 2022 con el gas ruso: la crisis se hará insoportable no por el corte en sí, sino cuando la demanda estacional presione el sistema. Los analistas del banco sueco SEB calculan que las reservas se consumen a un ritmo de 100 millones de barriles por semana, y advierten de que un cierre prolongado hasta julio nos llevaría a un escenario de «racionamiento estructural».

Analistas de firmas como Energy Aspects, RBC Capital Markets y Aberdeen coinciden en un escenario oscuro: si el conflicto se prolonga y la narrativa de la «guerra corta» de Washington se desmorona, el precio del Brent podría escalar hacia el asombroso rango de los 150 a 200 dólares, empujando a Europa y Asia a la recesión. Frederic Lasserre, de Gunvor, lo resume de forma categórica: «No tenemos meses. El punto de inflexión es claramente junio».

Lo que ya se empieza a notar y lo que aún no sabes

La primera pregunta que se hace alguien que lee esto es: ¿qué tiene que ver esto conmigo? Y la respuesta es que ya lo está pagando, aunque no siempre lo identifique. El grupo IAG (Iberia) anunció costes adicionales de 2.000 millones de euros por el combustible, y aerolíneas como Vueling o Volotea ya han avisado de posibles subidas. Los vuelos de corta distancia europeos son los más ineficientes y los primeros en la cuerda floja, lo que amenaza directamente al turismo español.

Las reservas de gas europeas están en niveles bajos (Alemania apenas roza el 26% de su capacidad) y los fertilizantes han subido un 50%, un incremento que tardará unos seis meses en trasladarse al costo de los alimentos frescos en el supermercado. Funcas, el centro de análisis económico, proyectó en mayo una inflación del 3,3% en España para finales de año, 0,8 puntos más que antes de la guerra, en un escenario que considera el conflicto «puntual y transitorio». En el escenario de conflicto prolongado, la inflación española podría superar el 4% y el crecimiento económico caería a un 1,8%.

Pero el impacto más profundo puede no venir del precio de la gasolina. Puede venir de los bonos. Ambrose Evans-Pritchard, editor de economía mundial del Daily Telegraph, publicó uno de los análisis más perturbadores sobre la crisis actual: la guerra con Irán está causando más daño inmediato a las economías de Estados Unidos, Europa y Japón a través de los mercados de bonos que mediante los efectos directos de la crisis energética.

Los costos de endeudamiento han alcanzado niveles críticos en todo el G7. La rentabilidad de los bonos del Estado japonés a 30 años alcanzó un máximo histórico del 4,16%. Los bonos del Tesoro americano a 30 años superaron el 5,15%, el nivel más alto desde la era posterior a la pandemia bajo Biden. Los bonos franceses e italianos a 10 años se acercan al 4%, un umbral crítico donde los intereses de la deuda crecen más rápido que la tasa de crecimiento del PIB nominal, lo que Evans-Pritchard describe como el inicio de «un círculo vicioso presupuestario».

Esto no es un tecnicismo financiero. Tiene consecuencias directas: si las rentabilidades de los bonos del Tesoro americano se mantienen en esos niveles, el tipo hipotecario a 30 años de Fannie Mae se acercará al 7%, con el diferencial histórico de 180 puntos básicos que existe entre ambos instrumentos. Eso significa hipotecas más caras, menos inversión, menos empleo.

El IW alemán añade una perspectiva que pocas fuentes abordan: a diferencia de las crisis de 1973 y 1979, esta vez los productores del Golfo no van a acumular los petrodólares que históricamente retroalimentaron la economía occidental. En aquellas crisis, los países del Golfo recibieron ingresos extraordinarios y los reciclaron comprando maquinaria y equipos a Europa y EEUU. Alemania fue un beneficiario especial: en 1974, gastó 8.500 millones de dólares en petróleo pero recibió 3.600 millones en exportaciones de vuelta de los países productores. En 2024, Alemania tenía un superávit comercial de 18.300 millones de dólares con los estados del Golfo, según datos de UN Comtrade citados por el IW. Pero ahora los productores del Golfo no pueden monetizar los precios altos porque no pueden exportar. Sus ingresos no se dispararán. Sus recursos irán a reparar infraestructuras dañadas, no a comprar maquinaria alemana.

El Sur Global: la crisis invisible

Mientras Europa discute sobre billetes de avión, el Sur Global ya está racionando. La liberación de reservas estratégicas beneficia a la OCDE (16% de la población mundial). El resto del mundo está solo.

Pakistán tenía reservas para cinco días. Filipinas declaró la «emergencia energética nacional» y Sri Lanka volvió a la semana laboral de cuatro días. David Fickling, experto energético, señala en su columna para Bloomberg que las monedas de los países importadores de energía (la libra egipcia, el peso filipino, la rupia indonesia) se están hundiendo. A diferencia de los años 70, donde el dólar se debilitaba, hoy EEUU es exportador neto y el dólar se fortalece, asfixiando aún más a los países que deben comprar crudo en esa divisa.

Khalid Waleed, investigador del Instituto de Políticas de Desarrollo Sostenible de Islamabad explica que los países menos capaces de pagar el sobreprecio de acumular reservas son precisamente los más vulnerables. «Las reservas estratégicas de petróleo son costosas de construir, llenar, financiar, rotar y gestionar», dice Waleed. «Para los países que se enfrentan a restricciones de divisas, presiones para el servicio de la deuda y facturas de importación de alimentos, mantener millones de barriles almacenados puede parecer un lujo, incluso cuando es estratégicamente necesario».

India, tercer mayor importador de petróleo del mundo, subió los precios del combustible dos veces en una sola semana, y el primer ministro Modi pidió públicamente a la población que limitara su consumo. «Es hora de que usemos la gasolina, el diésel y el gas con mucho cuidado», dijo. El gobierno aumentó aranceles a las importaciones de oro y plata para preservar las reservas de divisas. La inflación mayorista india alcanzó su nivel más alto en 3,5 años, con los costos del combustible subiendo cerca de un 25%.

La IEA estima que 76 países han adoptado ya medidas de emergencia, frente a los 55 de finales de marzo. Australia comprometió 10.000 millones de dólares para aumentar sus reservas de combustible y fertilizantes. Francia anunció una ampliación de sus mecanismos de apoyo económico. El comisario europeo de Transportes, Apostolos Tzitzikostas, dijo en una conferencia del Financial Times en Atenas que «una recesión mundial podría ser una posibilidad» si el conflicto no termina en pocas semanas.

Por qué los futuros mienten (o al menos, se equivocan)

Una de las paradojas más llamativas de esta crisis es que los mercados de futuros del petróleo han mantenido una calma relativa que contrasta violentamente con lo que está pasando en el mercado físico, donde se intercambian barriles reales.

Hay una explicación para esta desconexión: el crudo noruego Sverdrup se estaba vendiendo en el mercado físico con una prima de entre 40 y 50 dólares por barril sobre los futuros del Brent. El Forties del Mar del Norte y el crudo angolés Cabinda, con primas de entre 20 y 30 dólares. Quien necesita barriles reales, para refinar y distribuir hoy mismo, paga ese sobreprecio sin pestañear. Quien especula con papel puede seguir anclado al precio anterior a la guerra.

Tamas Varga, de PVM Oil Associates, lo formuló así: «Los mercados físicos de crudo reflejan fielmente lo que sucede en el estrecho de Ormuz, mientras que la fijación de precios de los futuros incorpora expectativas, narrativas y esperanza en una medida similar a los fundamentos de la oferta». La propia IEA dedica un recuadro en su informe de mayo a esta cuestión, explicando que la prima del precio físico (North Sea Dated) sobre los futuros Brent llegó a alcanzar los 35 dólares por barril a principios de abril, un máximo histórico absoluto, antes de estrecharse de nuevo a unos 3 dólares en mayo. La brecha no se cerró porque el mercado físico bajara: se cerró porque las expectativas de resolución del conflicto bajaron temporalmente la urgencia. Pero la IEA advierte que esa brecha puede volver a abrirse —y hacerlo de manera abrupta.

Hay tres sesgos cognitivos que explican la complacencia de los futuros: el sesgo de anclaje (los operadores están mentalmente fijados en los 70-80 dólares del Brent anterior a la guerra), el sesgo de actualidad (el período 2022-2024 fue de oferta relativamente abundante y las interrupciones se corregían solas) y lo que llaman la «heurística del optimismo» (las repetidas señales de Washington de que un acuerdo era inminente). El resultado es que el mercado de papel refleja la esperanza, el mercado físico refleja la realidad.

Martín Lobo, experto en economía, pone el dedo en la llaga: «Los mercados parecen haberse convencido de que estas realidades inminentes conducirán, más pronto que tarde, a un alto el fuego estable ya la reapertura del estrecho. Esto podría suceder. Pero no es difícil imaginar por qué podría no ocurrir». Por su parte, Ken Griffin, fundador y consejero delegado de Citadel, fue tajante: si los estrechos permanecen cerrados durante otros seis, nueve o doce meses, los precios de la energía subirán considerablemente en todo el mundo y empujarán al mundo hacia una recesión global.

Lo que casi nadie está valorando adecuadamente, según múltiples analistas, es la asimetría entre la velocidad de la interrupción y la de la recuperación. Un conflicto puede cerrar el Estrecho en días. Reabrirlo —desminarlo, restablecer la logística marítima, reiniciar los pozos cerrados, reparar las refinerías dañadas, recuperar los inventarios— lleva no meses sino años. El IW alemán estima que la factura de reparación de infraestructuras en el Golfo podría alcanzar los 58.000 millones de dólares. 

Empero, el asunto va más allá. Como detalla Evans-Pritchard, para Trump solo existen dos caminos realmente viables: acceder en gran medida a las demandas fundamentales de Irán —en peores condiciones que antes del conflicto, con posibles reparaciones, descongelación de activos y una solución nuclear a medias— o escalar hacia una guerra terrestre a gran escala que pondría en riesgo su presidencia. «Dado que Trump no puede decidirse por ninguna de las dos opciones, existe una altísima probabilidad de que Irán lo mantenga en vilo hasta que el sufrimiento en Washington se vuelva insoportable».

El fin del petrodólar y la aceleración verde

Hay dos efectos a largo plazo que esta crisis puede haber detonado de manera irreversible. El primero es la ruptura del sistema del petrodólar. Aaron Brown, en Bloomberg, advirtió que «la guerra de Irán acaba de romper el petrodólar». El pacto de 1974 por el que EEUU garantizaba la seguridad en el Golfo a cambio de que el petróleo se vendiera en dólares y esos dólares se reinvirtieran en deuda estadounidense ha mostrado sus grietas. Países como India o Turquía están vendiendo bonos del Tesoro de EEUU para obtener liquidez con la que pagar un crudo cada vez más caro. Por primera vez en décadas, varios bancos centrales tienen más oro que bonos americanos.

El segundo es la aceleración de la transición energética. Shyla Raghav, en Time, argumenta que esta crisis ha convertido la inversión en energías limpias de un argumento climático en un argumento de seguridad nacional. Los países con mayor penetración de energías renovables —España, Portugal, Francia en menor medida— han mostrado mayor resiliencia. El Banco Central Europeo lo reconoció expresamente: Christine Lagarde destacó que los países con mayor cuota de electricidad generada de fuentes no fósiles han estado más protegidos del alza de los precios del gas.

Las perturbaciones geopolíticas en las cadenas de suministro de combustibles fósiles producen un doble efecto: refuerzan la necesidad estratégica de diversificar los sistemas energéticos y acelerar las energías renovables domésticas, al tiempo que aumentan la dependencia a corto plazo de los combustibles fósiles. La crisis empuja en ambas direcciones simultáneamente. La pregunta es cuál de las dos fuerzas gana.

La velocidad de una bicicleta

El mundo que describían los manuales de economía era uno de eficiencia máxima: cadenas de suministro ajustadas al milímetro, inventarios mínimos, energía barata y sin fricciones. Suez fue el primer aviso serio de que ese modelo era frágil. Ormuz es la confirmación de que era una ilusión. El sistema no se rompe solo por la geografía, sino por la percepción del riesgo; sin seguros, el Estrecho no existe comercialmente.

El editorial del Financial Times lanza una advertencia que es un manual de instrucciones para los próximos meses: «Cada vez más países tendrán que aprender a vivir con sus recursos energéticos más limitados». Por su parte, Evans-Pritchard ofrece la predicción más realista: «En última instancia, esto provocará una recesión global y los rendimientos de los bonos soberanos volverán a caer a medida que las acciones se estabilizan y los mercados reajustan radicalmente el panorama macroeconómico. Pero antes, nos espera un verano largo y tenso».

El apocalipsis no llegó el 28 de febrero con el primer misil. Llegó en superpetroleros que avanzan a diez nudos. Y muchos de esos barcos ya atracaron. Ya descargaron. Ya se vaciaron.

Los siguientes, sencillamente, no salieron nunca.

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La noticia

El apocalipsis del petróleo: ¿cuándo demonios va a llegar, o ya estamos en él y ni nos hemos dado cuenta?

fue publicada originalmente en

Xataka

por

Alba Otero

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Fuente: www.xataka.com

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